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Tenemos una batalla continua en nuestra vida, entre lo que queremos que las personas vean que somos y quien realmente soy.  La sociedad en la que vivimos nos ha hecho creer que admitir una debilidad o el hecho de que somos vulnerables, hará que las personas nos señalen, lastimen, juzguen o simplemente nos hagan a un lado, creando en nosotros una coraza que nos lleva a comportarnos de manera arrogante y fuerte frente a lo demás.

 

Por esto hemos crecido creyendo que la manera en la que actuamos o nos comportamos es la correcta, pero en lo profundo de nuestro corazón entendemos y sabemos que hay muchas cosas que se han ido adhiriendo a nuestro carácter por lo que el mundo dice, pero somos conscientes que debemos cambiar, porque no son realmente nuestra esencia.

 

En la Biblia encontramos la historia de muchos hombres y mujeres usados por Dios, que como nosotros lucharon con su carácter, pero en algún momento entendieron que una debilidad simplemente era muestra de que no somos autosuficientes y que hacer las cosas por nuestras fuerzas no nos lleva a un buen final.  Entendieron que debían hacer las cosas a la manera y forma de Dios.

 

En primer lugar, lo que debes hacer para vencer esta batalla contra ti mismo es evaluar si estás dejando que tu orgullo sea el que domine tu forma de actuar frente a los demás.  Una alerta para detectar esto en tu vida es cuando crees que nunca te equivocas y que tú puedes solo, cerrándote a la posibilidad de escuchar o crecer de otras maneras distintas a las que crees correctas. Pero Dios dice que “El tonto está seguro de que hace lo correcto; el sabio hace caso del consejo” Prov. 12:15.

 

Y lo segundo, tener un corazón humilde. Es tener el carácter de Cristo, quien nunca exigió sus derechos, sino que se entregó completamente en humildad, despojándose a si mismo.  Ahora no es creernos inferior a los demás.  Necesitamos entender que nuestra identidad no debe estar basada en lo que al mundo le parece “cool” o como el mundo dice que debo actuar.  Debo aceptar quien soy y vivir de tal manera, pues es lo que Dios quiere y espera de nosotros como su creación especial.  “Ustedes ya no son como los esclavos de cualquier familia, sino que son hijos de Dios. Y como son sus hijos, gracias a él tienen derecho a recibir su herencia.” Gál. 4:7.

 

Ganar esta batalla no es fácil, es una decisión diaria, de tomar nuestra cruz y caminar con nuestra mirada puesta en Jesús. “«Si ustedes quieren ser mis discípulos, tienen que olvidarse de hacer su propia voluntad. Tienen que estar dispuestos a cargar su cruz y a hacer lo que yo les diga.” Mt. 16:24

 

Tomado de: Iglesia Cristiana Intimidad – Julio 2017

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